Hay pocas personas en España que hayan cultivado espirulina artesanal con las manos, la hayan cosechado antes del amanecer, la hayan secado a 42ºC para que no pierda ni un antioxidante, y luego hayan explicado todo el proceso en una conferencia europea.
Yo soy una de ellas.
Como bióloga especializada en microalgas, empecé en el laboratorio, explorando estos organismos extraordinarios que llevan en la Tierra desde hace más de 3.500 millones de años (mucho antes que cualquier planta, cualquier animal, cualquier cosa que reconozcamos como vida hoy en día).
Cuando decidí emprender, no quise quedarme en la teoría. En 2020, en plena pandemia, monté una microgranja de espirulina artesanal en Guadalest, un pueblo de 200 habitantes en la Sierra de Aitana, Alicante. Lo que empezó como un proyecto personal se convirtió en uno de los pocos cultivos artesanales de espirulina de España.
Cinco años después, Aitana Espirulina acumuló cuatro premios nacionales e internacionales, ha aparecido en televisión nacional, y ha llegado a cientos de personas que decidieron apostar por una espirulina diferente ( local, trazable, sin procesar a altas temperaturas, cultivada con agua de montaña).
Cultivar espirulina de forma artesanal es una disciplina que combina administración, microbiología, ingeniería de procesos, gestión ambiental, marketing y mucho sentido común.
En cinco años he desarrollado un método propio, he resuelto problemas que no tienen respuesta en ningún manual, y he construido un conocimiento práctico que es difícil de encontrar en España.
Ese conocimiento es el que ahora quiero compartir y multiplicar.
Porque el verdadero impacto no está en los kilos de espirulina que pueda producir yo sola. Está en cuántas personas aprenden a cultivarla, a entenderla, a integrarla. En cuántos proyectos nuevos pueden nacer a partir de lo que sé.
Uno de mis objetivos es construir lo que llamo cultura algal — cerrar la brecha entre la ciencia de las microalgas y la vida cotidiana de las personas.
Las microalgas son organismos con un potencial enorme: alimentario, biotecnológico, medioambiental, cosmético… Pero para la mayoría de la gente son algo lejano, técnico, desconocido. Mi misión es cambiar eso.
Hacer que las nuevas generaciones crezcan sabiendo qué es la espirulina, de dónde viene, por qué importa. Que deje de ser un producto de herbolario raro y se convierta en parte natural de nuestra cultura alimentaria.
Lo hago a través de talleres, cursos, asesorías y colaboraciones con centros educativos, instituciones y proyectos de innovación agroalimentaria.
Vivo y trabajo en la Marina Baixa, una comarca alicantina donde la agricultura tradicional convive con proyectos que miran al futuro. Creo que la innovación agroalimentaria más interesante no ocurre en los grandes laboratorios urbanos, ocurre en los territorios rurales, donde hay recursos naturales, conocimiento acumulado y necesidad real de reinventarse.

“Aitana Espirulina nació de esa convicción. Y desde ahí sigo trabajando: asesorando a quienes quieren cultivar microalgas, formando a profesionales del sector, y colaborando con cooperativas y entidades que apuestan por la diversificación y la sostenibilidad.”
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Por qué todos deberíamos tomar espirulina
Su extraordinaria composición hace que sea el alimento más completo conocido. En la Conferencia Mundial de la Alimentación de Naciones Unidas, en 1974, se anunció la espirulina como el mejor alimento para el futuro de la humanidad. Y ese futuro es ¡AHORA! 🙂

Con un 65-70% de contenido en proteína completa, hierro, vitaminas, ácidos grasos omega 3 y 6 y antioxidantes naturales, es un complemento único para hacer tu dieta más saludable. Además su cultivo es incompatible con pesticidas y agroquímicos, y nuestra espirulina crece en agua pura del valle de Aitana, por eso no solo es ecológica sino que no contamina tu cuerpo ni al planeta.
Pero no solo es buena para nosotros, también lo es para el planeta. Para producir 1kg de espirulina se fijan 2kg de CO2 atmosféricos, por eso su huella de carbono, a escala artesanal, se considera negativa. No solo no contamina sino que consumiéndola estás ayudando a luchar contra el cambio climático.
Además, pese a lo que pudiera parecer, no consume apenas agua ya que tras las cosechas el agua vuelve a verterse a las balsas. De hecho, para producir 1kg de proteína de espirulina se utiliza 5 veces menos agua que para producir 1kg de proteína de vacuno y 3 veces menos que para la soja.
Y lo mejor de todo. No viene de países lejanos, donde las condiciones laborales son pésimas y las normas de higiene dudosas. No hemos tenido que transportarla por mar y aire, contaminando más el planeta y encareciendo el producto a costa de unos productores que viven en precarias condiciones.
Por eso surgió este proyecto que lleva ya 4 premios a sus espaldas y que ha cambiado la vida de tantas personas.
